como el azur de aquel zafiro perdido hace siglos,
te ganaste el perder todos aquellos dones
que falsamente te había otorgado.
Siempre fue una esencia corrupta,
yo seguía creyendo que estaba impoluta.
Y se convirtió en errantes volutas de polen
alérgicas a más no poder.
Sigo acordándome de ella
en cada letra de este invisible poema,
pero nunca más, jamás, para no volver
aquella sensación de deseo
sin atardecer.
¿Acaso hay lugar para la sorpresa en esta situación?
No debería, aunque jamás dijiste que no.
Tirábamos los dos de una hiriente soga
que estaba destinada a romper.
Pero dejó heridas que no se podían ver
en mis manos, en mi cara, en mi pecho,
cicatrices sin navaja, sin embargo,
fueron tus hechos la peor de las armas.
No hubo tregua para la reflexión,
sólo hubo tiempo para poner en jaque
a la razón...
Imagina un rompecabezas sin resolver
mientras, a oscuras,
buscas las piezas por doquier.
No encajarán, ni se unirán
si no dejas de utilizar
esos ojos que se cansaron de mirar
a la felicidad enfrentada con la coherencia.
No.
No.
No...
Así...
Y vuelves otra vez; lárgate.
No vuelvas a mi mundo onírico,
dónde no tienes razón para doler,
dónde la tinta de nuestra historia no es indeleble,
dónde todos aquellos detalles perdieron su validez,
dónde las avestruces vuelan, los dioses existen y las canciones callan,
dónde es sólo mi negra justicia la que manda,
dónde no existen los lugares y el tiempo no se puede medir,
dónde yo sólo veo ese rincón
que dejó de ser para ti...
El caudal de mis lágrimas se ha secado.
No hay deshielo a la vista.

Las últimas palabras me hacen sentir frío... pero son certeras como pocas.
ResponderEliminarÁnimo, que somos muchos aunque estemos heridos.