He rasgado los acordes
de una melodía que ya no existe,
en un disco que una vez quisiste
y ahora aborreces sin parar.
Abismo entre sábanas imposible de atisbar,
un escarpado acantilado cuya meta era escalar.
Demacrado, herido, lágrimas secas
que abrasan como la peor de las hogueras.
¿Hay un lugar para mi en aquel bar?
Aquel dónde van los apesadumbrados a largar
aventuras, desventuras, poemas y sátiras
relacionadas con rosas espinadas.
¿Lo hay?
No me dejes ir,
sálvame...
¿Cuántas veces nos miramos viendo sólo opacos reflejos?
En nuestras pupilas, grabados a fuego
se han quedado aquellos, nuestros momentos
desechos por el eco de nuestro silencio.
Nos sumergimos juntos en aquella espiral
y en el camino me soltaste sin querer
y el nosotros se perdió en pantanosos senderos
llenos de sal, vacíos de amor.
En aquel "nunca jamás" que se convirtió en improvisado vertedero
de palabras, gestos, regalos y relatos,
de falsos amuletos y biblias fanfarronas
en los que nunca creí.
De tu perfume en el viento que creía eterno,
volatilizado en llamas nacidas en improperios,
en ruegos carentes de compromiso,
en guillotinas disfrazadas de caricias.
Grita.
Adentro...
No me dejes solo,
prefiero llorar tu presencia
antes que maldecir tu marcha, tu pérdida
tu envenenada ausencia.
Rodeado de nenúfares idílicos,
oyendo a las estrellas cantar,
placeres que mi quebrado corazón
no me deja disfrutar.
Me observas.
Enloquezco.
¿Dónde está mi amor sin igual?
Sin doblar.
Sin maldad.
Sin igual...
¿Dónde está?

Probablemente esté perdido en tus mismas brumas que no le dan respuesta... así que sigue buscando.
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